por JOSÉ SARAMAGO Lo que digo es que soy por definición muy escéptico. No es bueno, ya lo sé. Me gustaría entusiasmarme, pero no lo consigo. Hay una grave crisis, pero los ciudadanos no tenemos mecanismos para influir. Pero, por lo menos, deberían decir la verdad. Fíjese usted, António Guterres, cuando era primer ministro, declaró en una entrevista: "La política es el arte de no decir la verdad". ¡Y nadie se levantó para protestar! Aunque no queramos, a los ciudadanos nos arrastra la corriente. O la estampida. Ahora bien, hay que decir: no estoy de acuerdo. El escepticismo no es resignación. Yo nunca me resignaré. Cada vez me siento más como un comunista libertario. Hay tres preguntas que no podemos dejar de hacernos en la vida: ¿por qué?, ¿para qué?, ¿para quién?
La realidad motivó a la ministra británica del Interior a renunciar luego de que su marido compró películas pornográficas con el dinero de las dietas parlamentarias. La realidad es que ayer quisieron luchar por un cantito de lo suyo, la migaja que arrebatan los soldaditos de Fortuño. La realidad es que las elecciones son una manifestación burda de la voluntad popular, que se transforma, una vez ganado el voto, en el ejercicio más nefasto de mentiras. La realidad es que el Gobernador no manda y sí, sus secuaces con mucho capital. La realidad es el arroz con habichuelas que falta.
Sin embargo, hay otras “realidades”, las que consumimos en los “reality shows”. Las que rayan en el embuste y persiguen la enajenación masiva. Estos espectáculos están pensados y editados por un productor en busca de “rating” y un guionista que genera las pseudo- verdades de los aspirantes a cantantes, Playboy “bunnies”, cocineros, reinas de belleza, superhéroes y así hasta el absurdo. Los realizadores, muy a lo Truman Show, desarrollan historias juntando trozos de lo que pasa en un sitio con vigilantes al acecho del escándalo. Parece que el conflicto llama a las audiencias. Entonces entra la publicidad. El producto es rentable, así que “exitoso”.
La buena recepción también llega cuando se saca partido de desventajas físicas o emocionales de los concursantes, como el caso de Susan Boyle, la grotesca mujer con voz celestial del programa “Britain’s Got Talent”, quien llegó a estar recluida porque no pudo lidiar con el “objetivo fama”.
Pero hablemos de la realidad, la que concluye que estos programas sólo alimentan las ansias de celebridad de tanto Juan del Pueblo, reconocimiento que se torna fugaz e inconsecuente. Que son el resultado de la vagancia y mediocridad de productores sin demasiada creatividad y representan el embrutecimiento globalizado.
(Nota: le propongo a WAPA un “reality show” sobre el Capitolio. Pensar en un dueto entre Jennifer González y Rivera Schatz y que se escuche, tras su evaluación, un efusivo: “Soberbio”)