03-Octubre-2009 | Karisa Cruz Rosado
Tipo Común se acicala. Se abotona su camisa planchada y sus mahones recién lavados con detergente en especial. También se perfuma. Ésta es su rutina, incluso para quedarse entre las paredes que -por ahora- su esposa paga.
El señor se sienta a la mesa a comer un canto de pan con huevo. Entre bocado, lee páginas que le ensucian las manos, observa las noticias del mundo. Tras pasa y pasa, sus ojos se cargan de íconos de malestar. Hay personas -miles- que lloran el despido y Tipo Común, que tampoco trabaja, se moja la vista con el agua de la indignación.
Su esposa oftalmóloga, que del buen ver sí conoce, le revisa la mirada. Pero la sensación que le provoca la lectura, genera tal ceguera que ni unos espejuelos “culo de botella” pueden resolver.
Ya es tarde: la mujer, olorosa y muy maquillada, le da un beso de salida en el cachete. Se va a buscar con qué garantizar la merienda para las loncheras de sus cinco hijos.
Una vez solo, Tipo Común agarra una hoja de papel y un bolígrafo azul, su color favorito. El hombre se acomoda en la silla para comenzar con un relato que tenía pendiente, una idea que lo invadía desde hace unos meses y que ahora la profunda desazón inspira.
Empieza mal. Tacha. Insulta. Grita. Tal vez enloquece. Su largo desempleo ya lo desespera.
Tipo Común no entiende lo que le pasa. Sus líneas comienzan a arremeter en contra de los suyos, como cuando un hijo le tira piedras al padre. Se siente un traidor. Sin embargo, por más oraciones espantadas que configura en su cabeza, habita la certeza de que no es un terrorista.
Y por más común que sea, tampoco es comunista.
Termina su escrito con la satisfacción que provoca desahogarse. Pone el papel en su bolsillo derecho y abre la nevera para buscar algo que él denomina la desesperación de todo un pueblo.
Sale.
Me lo publicaron en el Buscapié de hoy sábado
Adjunto la carta en PDF de Tipo Común, Roberto García.