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jueves, 11 de marzo de 2010

Protejámoslo

Industria ganadera en el karso norteño, esta región se ve afectada por las industrias agrícolas, farmacéuticas y otras actividades humanas. Foto tomada de http://pr.kalipedia.com

La Tierra se movió de sitio. Nada más. No hubo tsunami que arrasara con lo que tenía que arrasar. Los males de la humanidad permanecen intactos. El humano no aprende de estas “metafóricas señales” de la Naturaleza. Persiste en su afán desmedido de controlar y lucrarse. Destruyendo lo que representa para sí un obstáculo en esa cadena de dólares y centavos. Comprometido únicamente consigo mismo.

Los movimientos telúricos en Haití, Chile y Taiwán (éste de menos intensidad), podrían reflexionarse como símbolos de un planeta cansado de girar con la carga que carga.

Estoy segura que ya muchos -los que me leen en Internet- abandonarán la columna y proseguirán a comentar sobre mi “insensibilidad” con las víctimas y sus familias. Como diría un gran prócer puertorriqueño: “such is life”. No puedo hacer mucho con aquel que posee mente chiquita.

Y hablando de mentes chiquitas, detallaré algunas ideas que me hacen perder las esperanzas. Son acciones de seres -no de Haití, ni de Chile, ni mucho menos de Taiwán, sino de Puerto Rico- que afectan a esta Naturaleza hastiada de tanto atropello.

En días recientes visité un área (natural) en miras de ser destruida por la ignorancia maldita y esas ideas de ganancias individuales que no reparan en el bien común.

El área del Karso Norteño, que comprende desde los municipios de Loíza hasta Rincón, es una zona fuertemente amenazada por los tractores de quienes ven la riqueza para sus bolsillos: La Federación de Alcaldes, el Sistema Universitario Ana G. Méndez, los dueños de canteras.

Del Karso Norteño, de la zona kárstica del sur y el karso disperso por la Isla, podemos decir mucho más que estas pocas palabras que me toca redactar. Pues por sólo mencionar uno de sus atributos, debido a su geología y a las lluvias que recibe, los acuíferos de la región kárstica son la fuente de agua de una cuarta parte de la población.

Karso= agua =vida. Protejámoslo.

Publicado en El Nuevo Día

domingo, 21 de febrero de 2010

Agua

Ilustración de Miguel Bayón de Primera Hora

“La ignorancia es más maldita que la misma maldad”. Alguna vez un amigo me dijo esta frase. Desde entonces, y cada vez que prendo el televisor en cualquier canal, aunque principalmente en el de la Legislatura, viene a mí esta oración como un gran chubasco frío. Es como esa agua que molesta cuando uno acaba de salir del “beauty”.

Sin embargo, esta vez los seres que -hoy día- se encargan de deshacer y “malhacer” leyes no motivaron que reflexionara sobre aquella ignorancia maldita. Lo provocó un muchacho que balbucea. Que alguna vez tiró puños que levantaron la pasión. Ese que es de Cupey Alto, de hecho, una zona rural entre la ciudad. Es decir, Tito Trinidad, el boxeador, ese que ahora golpea la naturaleza con brutalidad.

Cuando leí que el periódico anunciaba esta semana, el nocáut al ambiente, sentí que me faltaban las gafitas 3D. Tito Trinidad es como el malo de la película más taquillera de la historia, “Avatar”. Con su aplanadora devasta un bosque. Con su ignorancia no se da cuenta del daño ecológico que lleva a cabo.

Si bien es cierto que adquirió 20 cuerdas de terreno, y por precisamente adquirirlas, o sea, comprarlas, es el dueño (soberano), también es cierto que si alrededor de ese espacio hay un río, una quebrada, una charca, un cuerpo de agua, él con su tractor no puede aniquilar lo que le pertenece a la comunidad, a Naranjito, a Puerto Rico.

Pero ¡Tito, Tito! es sólo parte de los síntomas de la gran enfermedad. De este cáncer (ignorancia) que gobierna en un país descomprometido -totalmente- con los recursos. Pensemos en la reciente desclasificación del Corredor Ecológico del Noreste como reserva natural, atentando contra la salvaguarda de ese gran territorio verde, de playas, de flora y de fauna.

También hablemos del Karso. Ni Tito ni muchos (legisladores) se imaginan lo vital, lo esencial de proteger esta zona para garantizar nuestro futuro: el agua.

Publicado en El Nuevo Día