sábado, 1 de mayo de 2010

Portones


Foto por Ricardo Alcaraz, de Diálogo

Los portones son estructuras de cierre. Sirven como aislante. Alejan. Distancian. Separan. Delimitan los lindes del espacio, lo que es de uno y no del otro. En algunas ocasiones, estas barreras aportan cierta (o relativa, o falsa) seguridad.

También están las rejas, un sinónimo para portón, que coartan las libertades, la física y la mental.

Por estos días, han sido muchos los portones que se han tomado y clausurado. Que han sido adobados por una pimienta que no es en polvo. Tras esos portones, picantes, hay voces que resisten la fuerza de un poder que se ha tornado agresivo.

Los medios de comunicación bien, y muchas veces mal, han difundido porciones de realidades que se han suscitado en los emblemáticos portones de la UPR. Del primer centro docente de un país que, más que necesitar, le urge educación de calidad. Para pensar en un mejor amanecer, menos amargo, más comprometido.

No se puede entender la grandeza del conocimiento cuando no ostenta una posición privilegiada dentro de los portones del poder. Tal vez por eso podemos comprender el “modus operandi” de la administración de turno. Que pondera el capital sobre el saber. Que concluye que la educación pública es un privilegio y no un derecho. Que reduce como minúsculo a los cientos de manifestantes que se han dado a la tarea de pelear por lo de todos.

Frente a esos portones, frente a esa Torre que permanece serena mientras Roma arde, hay vidas que encierran el malestar de un pueblo. De un país ocupado por la insolidaridad de quienes condenan tras las rejas de la ignorancia al pensamiento, al que es libre.

Extiendo mi llamado a la paz y la no confrontación. Al respeto de esa política que, por alguna razón está escrita.

Porque a diferencia de los robots que están apostados delante, tras de esos portones está el patrimonio de una nación, que es la educación pública.

Publicado en El Nuevo Día, sábado 1 de mayo de 2010.

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