Estoy
en un taxi de camino al aeropuerto de Lima. Salgo para Cusco en dos horas. A mi
lado un niño peruano me pregunta: “¿A qué suena el silencio?” A su
cuestionamiento decidimos buscarle contestación. Tratamos, entonces, de
escuchar el silencio en el tráfico infernal y temible de Lima. Un poco difícil,
claro. Pero en verdad queremos descubrir a qué suena el silencio. Nunca había
jugado ese juego antes. Y en algo tenemos que matar el tiempo. Estaremos, como
poco, una hora en el tapón limeño, uno peor que el del expreso en dirección a
Caguas, a las cinco y quince minutos de la tarde.
Luego de un rato entre carros, guaguas públicas (a lo loco), y bajo un cielo
bastante gris, se nos hace complicado hallar el sonido del silencio. Las
bocinas molestan. Los vendedores ambulantes (muchos de ellos menores de 10
años) también interrumpen nuestra búsqueda. Es cuando me dice el chiquillo, con
algunas cartas de “Avengers” en una caja de cartón cerca de sus pies, que el
silencio es imposible. Que a eso le suena el silencio, a un imposible.
La canción de Simon and Garfunkel se da “play” en mi cabeza. “People hearing
without listening...”
Este nene me mira intensamente. Hasta me intimida. Está extrañado por mi
acento, que le roba su silencio. Lo invado a preguntas, creyéndome periodista.
Me gustan sus ojos, su pelo, su sabiduría.
El carro avanza un poco, y Matías, así se llama el nene que hoy acompaña a su
padre taxista a trabajar, otra vez, de la nada, me da otra “bofetá”: “Papá dice
que este mundo es cruel”.
No digo más. Callo. Miro hacia fuera, hacia el tapón y el cielo gris, pensando
lo que este doncito de 7 años acaba de soltar. En eso un hombre, con su mano
extendida y uñas bien sucias, nos pide un sol, una moneda. Qué “timing”,
pienso. Así yo, en silencio, escribo esta columna en mi pequeña libreta de
viaje.
Y en mi cabeza retumba un ruido más, que concluye que “people (are) talking
without speaking”. Matías no es una de esas personas.
Lo malo, o lo bueno, de la magia es que es una ilusión. Es mentira. Por ejemplo, uno en verdad no desaparece. O no es verdad que te pican en cantos. Lo siento. También me duele entender esto. Uno siempre está ahí con sus dos o tres u ocho cantos. Lo que pasa es que el truco, o el mago, fue, fueron muy buenos. Parece que se hizo desaparecer al coso, a la cosa. Aunque éste, o ésta siguen estando donde siempre.
Otra vez en la cafetería de todos los días. Como siempre, a la misma hora. Me estaciono, donde siempre me estaciono, para entrar con mi cartera y mi maletín de trabajo en los brazos. Cargo con tanto motete para evitar que me rompan el cristal del carro por la computadora dentro. Uno vive con la perse, es la verdad. Entro por la misma puerta- por la única que hay- que todo el mundo entra. Hoy el ambiente parece tranquilo. Ricky Martin es periódico de ayer. Nadie habla de él. Se olvidó. Ya pasó el concierto.
Huele a pan, como siempre. Huele a café, como me encanta, y también como siempre. Las personas piden sus quesitos, engordan, como siempre. Los empleados de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE), los bellacos, ligan y comen su almuerzo a las nueve de la mañana, como siempre. El dependiente que me dice simpática, me saluda, como siempre. Sonríe, sonrío, como siempre.
La semana pasada me pidió el teléfono, creo que me quiere invitar a comer, no un sándwich. No le di mi número. Prefiero dejar nuestra relación como está, él tras el mostrador y yo con hambre al otro lado. Este muchacho, alto, fuerte, simpático, cada vez que me ve llegar deja todo lo que está haciendo para ayudarme. Para freírme una empanada de res si es que eso quiero para el almuerzo; o para buscarme azúcar negra, si es que café pido. Hoy me coló. Casi nunca hago uso de estos privilegios marginales, pero esta vez sí. Le pido una avena, como siempre; unas tostadas, no como siempre; un jugo de china, como siempre; y un café, siguen los como siempres.
En esta cafetería en Toa Baja, hay dos televisores, obvio, plasmas. Uno del lado norte y otro al sur del establecimiento. El que está al lado norte siempre está prendido con ESPN. Muchos, en especial hombres y los bellacos de la AEE, se quedan embobados viendo los highlights de los juegos del día anterior. Alguna que otra mujer también se emboba, el deporte es unisex, pero son las menos. Eso he notado. El televisor del lado sur siempre tiene programación "local". Despierta América en la mayoría de los casos. Tanto hombres como mujeres en la misma proporción se quedan eslembaos palpando a Chiquinquirá y sus nalgas, grandes.
Hoy me siento justo de bajo del televisor deportivo. Lo hago porque no quiero escuchar a los Tigres del Norte, o sus primos-gemelos, que son los invitados del mencionado programa de Univisión. A mi lado, una pareja de viejos. Aquí ya no hay como siempres. Es la primera vez que me encuentro con estos señores en la cafetería.
Él le da la comida a ella en la boca. Ella no puede dársela. Con el rabo del ojo, los miro. Estoy en ellos un rato hasta que por observar tanto, de lado, me quedo bizca. Me mareo. El señor se levanta de la silla. Como lo veo tan viejito y delgadito, pienso que debo ayudarlo. Mas no. Él me dice que no me apure, “que lo bueno de ser flaco es que cabe por todos lados”. La señora, con sus manos encorvadas, permanece en la silla. Tiene las uñas a medio pintar. Imagino que el señor se las pintó, ella no podría, se nota. Él llega con un envase para guardar las sobras. Vuelve y se sienta junto a ella. La besa, la abraza. Todo eso veo. Cuando ya no puedo más, hablo. Invado su intimidad. Qué bueno que lo hice. Qué bueno que me senté al norte, bajo el televisor (los Rangers de Texas ganaron 5-1 a los Red Sox).
No sé si mi pregunta fue impertinente, pero quise hacerla. ¿Son esposos? Él me dice que no formalmente, que llevan juntos 35 años sin haber necesitado casarse. “Si tú hubieses visto como esta mujer bailaba”. No me lo dice, pero creo que así ella lo conquistó a él, con el baile. Porque todo comenzó bailando, como canta la canción. Ahora este señor de ojos azules, vidriosos, con un golpe en el párpado izquierdo, lo vi cuando nos miramos fijamente, cuida a esta señora con Alzheimer, que no puede comer sola el pan sobao de la cafetería. No le quedan casi dientes. Y sus manos no tienen fuerzas para levantar ni una miga de pan. El señor me dice que donde hay amor todo es mejor.
“Hay vida, nena, donde hay amor. Tú sabes de esa gente que mete a sus viejos en un asilo y que pasan los años y no los van a ver. Eso es un crimen. Ahí no hay amor. Yo nunca le haría eso a ella. Porque aunque no se dé cuenta, por su enfermedad, yo la amo”.
Me conmuevo como hace mucho tiempo no lo hacía. Callo. No lloro, pero poco me falta. Me despido. Debo irme, digo. Recojo y boto mi basura. Salgo por la puerta, por donde entré. Y entraré, como siempre.
Imagen tomada de http://memoriadenaufragios.blogspot.com/
Creer en las buenas intenciones, en el bien común, en las obras nobles y en la solidaridad. Amén. Si es así, soy religiosa, entonces.
Puedo decir que promuevo la maltratada idea de paz mundial. Soy religiosa, entonces.
Aunque mi papá siempre ha sido un orgulloso ateo, de los que plantea que no necesita a Dios, me permitió que de pequeña visitara la iglesia evangélica con mi abuela materna. Canté coritos con panderetas. Leí la Biblia en los cultos. El Salmo 23 todavía lo puedo recitar de memoria.
En la intermedia, mis padres, porque el colegio bautista era tremendamente mediocre, decidieron cambiarme a una escuela católica. Ahí me introduje en un ritual distinto, aunque similar.
Hablando claro, el insumo de estos años, además de provocarme mucho miedo, porque había que tener temor de Dios, poco me satisfizo. Como a mi padre. Pero, soy religiosa. Mucho.
No robo: los guineos en el supermercado no cuentan. (Perdóname, Dios).
Tampoco levanto falso testimonio sobre nadie. No miento. Bueno, siendo sincera, porque ya esto sería una mentira, miento. Lo justo. Menos que muchas personas que van todos los domingos a la iglesia. Casi estoy segura que el total de mentiras (en toda mi vida), son menos que las que rezan algunos políticos en una conferencia de prensa de 15 minutos.
Honro a mi padre y a mi madre. Ellos lo saben. No envidio a nadie, por más que quiera tener los abdominales y el novio delicioso de Shakira.
Resumiendo, trato de portarme bien, alimentarme y alimentar con alegría, amor y buena energía a los que me rodean.
No frecuento ningún templo tradicional. No lo necesito. Como mi padre. Con ir al mar, dar gracias y hacer mis oraciones es suficiente.
¿Y quién cuestiona mi fe?
No preciso de Wandas Rolones que, con su Biblia bajo del sobaco, malinterpretada, me impongan sus visiones fanáticas, excluyentes y retrógradas de lo que debe ser la salvación.
Ayer en la noche tuve la oportunidad de ver la película "La vida útil" del director uruguayo Federico Veiroj como parte de la muestra internacional Global Lens, que se presenta en el Museo de Arte de Puerto Rico, una iniciativa de la Sociedad de Cine de Puerto Rico. Un filme impresionante, "un cuento de cine" como así mismo se hace llamar por sus realizadores. Sobrecoge. Impacta. Conmueve. Enfurece. Y te provoca risa, como también hace que se cuele alguna lágrima suelta que recorre la cara. Es un metarelato sobre cine. Altamente recomendado para los amantes -o no- de este arte.
Aquí comparto una excelente reseña de Roger Alan Koza publicada en el blog Con los ojos abiertos:
La vida útil, la segunda película de Federico Veiroj, el director de Acné, es una de las grandes películas del año pasado y un salto cualitativo en su carrera. Después de su primera y correcta ópera prima, llega esta película insólita que no se parece a nada. Es un film libre, cinéfilo, feliz, triste, bohemio, fino, inclasificable. No tiene ni un plano de más, y su relato fluye como pocos. Podrá ser tildado de film menor, pero se trata de una breve y secreta obra maestra, una película que destila un amor infinito por el cine, hasta el punto de confundir el cine con la vida
Todo empieza con una advertencia sobre el carácter ficcional del film, incluyendo el retrato de uno de sus personajes centrales: Cinemateca. Es bellísimo observar cómo todos los personajes jamás utilizan el artículo para mencionarla. No es la cinemateca de Montevideo. Solamente dicen Cinemateca, como si se tratara de una deidad antiquísima. Con esa advertencia y tras una lista enorme de agradecimientos, empieza a sonar una de las cuatro obras del compositor uruguayo Eduardo Fabini, fragmentos musicales de un esplendor ostensible que acompañarán en distintos momentos del relato. Una decisión perfecta, porque la música de Fabini también parece salida de un universo paralelo en el que rige la hermosura y el encantamiento. Se leen todos los títulos y arranca la película.
Los primeros 30 minutos están dedicados exclusivamente a Cinemateca. Se ve el edificio, la sala, las puertas de acceso, la boletería, el depósito, el baño, los videos, las oficinas, los empleados. En un principio, Jorge (interpretado por el crítico cinematográfico Jorge Jelinek, la gran revelación del año), una suerte de programador todo terreno, y el director de Cinemateca, Martínez (interpretado por el mismísimo Martínez, director de la institución), se reparten unas películas en DVD llegadas desde Islandia. Pero no todo es trabajo. Desde el inicio se intuye un quejido, un animal agoniza. El parte de guerra, o el diagnóstico es contundente: la institución debe muchos meses de alquiler, y el embargo y el cierre son destinos previsibles.
Más que una institución se trata de un organismo viviente en peligro, y quienes son las células vivas de Cinemateca intentan aún mantener la respiración de ese animal colector de imágenes. Los pedidos de auxilio son frecuentes: una letanía reiterada suena en el programa de radio, la misma invocación que se oye antes de que empiecen las proyecciones. No es casual que en Cinemateca estén ofreciendo un ciclo del nuevo cine uruguayo y una retrospectiva dedicada a Manoel De Oliveira. Quizás el cine de la Banda Oriental experimenta un renacimiento lento, y a su vez el hogar cinéfilo en donde muchos de esos cineastas se han formado esté en peligro. Que el otro elegido sea el cineasta más viejo en actividad insinúa algo más que una preferencia estética y un canon cinematográfico definido: una práctica del cine, una modalidad de cinefilia comunal está en vías de extinción. En efecto, la cinemateca del futuro no estará en ninguna parte y estará en todos lados al mismo tiempo. Su vida después de la muerte reside en Internet.
Una reunión con una fundación que sostiene económicamente a Cinemateca decreta su muerte. Es el final, o es también el inicio de otra vida para el propio Jorge. Hay un instante sublime, pero no del todo expuesto. Lo que importa no se debe mostrar del todo. Confirmado el inminente deceso de Cinemateca, Jorge va al baño. Por un pequeño respiradero rectangular luminoso del baño se alcanza a colar el sonido de un avión. Es una escena aparentemente de transición, mera naturaleza muerta que nada suma al relato. Y sin embargo precisamente allí estamos frente a una génesis, o quizás también cara a cara ante un fenómeno casi espiritista: el alma de la Cinemateca transmigra al cuerpo de Jorge. Dejará de ser quien habla de cine, quien programa e introduce películas, para convertirse él mismo en una materia viviente de celuloide. Es un devenir imperceptible, que se anuncia luego con una canción completa de Leo Masliah cuya letra anuncia tanto un agotamiento como una derrota digna, aunque Jorge también tomará una llave escondida en una caja de VHS (Vivir,de Kurosawa), una decisión legítima. Así, subirá a un colectivo, paulatinamente enfocará su visión y empezará otra película, otra vida.
El día de Jorge acabará en la facultad de Derecho. Dará un extraño monólogo sobre la mentira haciéndose pasar por un profesor suplente ante unos alumnos perplejos mientras espera a su enamorada. La invitará al cine. Antes ya se había cortado el pelo, tirado una moneda en una fuente en la que nadaba un pez enorme y bailado en la escalera de la facultad como si su vida estuviera sincronizada con un musical de Minelli.
En un pasaje inicial, Martínez explica la pertinencia de la forma cinematográfica a la hora de mirar cine. No se trata meramente de contar historias; la composición de un plano ya implica una disposición de los objetos y sujetos en el espacio, una duración y un sonido de éstos. Martínez toma como ejemplo una película deEisenstein. Intenta señalar la relación simétrica entre los movimientos de los planos y los movimientos musicales del film, y subraya, con autoridad y solemnidad (en contrapunto con el tono cómico de la escena), cómo la forma cinematográfica configura la percepción del espectador. Justamente aquí está el secreto de La vida útil. Es que su forma revela una relación entre el cine y la percepción. Veiroj filma, por ejemplo, el lavado del cabello del protagonista como si se tratara de un acto extraordinario. ¿Qué es lo que debemos ver? Los primeros planos del cuero cabelludo de Jelinek adquieren inexplicablemente una figura estética. Su papada extendida sobre la pileta transmite simultáneamente ternura y ridiculez. Los detalles y el modo de registro de éstos son profusos. Con paciencia y respeto, la cámara descubre un mundo. En ese sentido, una larga caminata de Jorge por Montevideo se transfigura en una sala de cine al aire libre. El modo de caminar es cinematográfico. Suenan bandas sonoras reconocibles, como si Jorge fuera una antena cinéfila capaz de canalizar la historia del cine que flota y viaja por el espacio. Esa secuencia está concatenada con la del baño. Habría otros ejemplos.
La vida útil es un film discretamente extraordinario. Es una elegía cinéfila sin amargura y resentimiento. No se puede saber aún cuan larga es la vida útil del cine. Que sea un film feliz no significa que dócilmente se celebre la privatización digital del cine. La vida útil nunca deja de ser política, ya que de su mirada sobre Cinemateca se predica la fragilidad de todo proyecto cultural, la total desprotección del cine, su desamparo. Y en esto hasta quizás sea más efectiva e ilustrativa que dos obras muy diferentes como Goodbye Dragon Inn y Fantasma, que también anuncian el crepúsculo de una edad del cine.
"Muchas veces me pregunto cómo sería Chagui hoy, 35 años después de su muerte, habiendo sido tronchada su vida a los 23. Puedo conjeturar muchas cosas. Le gustaría el campo como siempre le gustó..." Lee el texto completo publicado en 80grados.net "Yo había notado que en mi carpeta –la que nos entregó el gobierno de Puerto Rico hace unos años– no hay ningún documento relacionado con la muerte de mi hermano. De hecho, los documentos están en orden cronológico y se suceden como si fuera un diario. Pero al llegar a la fecha de la muerte de Chagui, 24 de marzo de 1976, hay un vacío, no hay nada que se refiera al entierro ni a las actividades que se llevaron a cabo para despedirlo de este mundo. Es como si a los policías que nos velaban, nos perseguían y apuntaban todo lo que veían en informes oficiales les hubieran dado los días libres, o como si el asesinato de Chagui nunca hubiese ocurrido, o como si (creo que esto fue lo que pasó) antes de entregarnos las carpetas alguien sacó todo lo que tenía que ver con ese evento. Orden divina, viene de arriba, mordaza." Lee el texto completo publicado en Claridad
2) 24 de marzo de 1976: Argentina
El 24 de marzo de 1976, comenzaron dos mil 818 días de dictadura militar en Argentina, donde hubo 30 mil desaparecidos, 500 niños apropiados y funcionaron 340 centros clandestinos. Estos son los números del horror, de las flores cortadas.
Treinta y cinco años más tarde, hay 102 nietos recuperados, 120 cuerpos identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense, 196 represores condenados durante 2010, y ocho juicios por delitos de lesa humanidad previstos para este año 2011.
En el siguiente video, verán un hermoso homenaje que realiza mi amigo Juan Álvarez Lara a la Memoria y la Justicia. En alguna de las imágenes se ve mi rostro. Cuando recorrimos junto a las Madres de la Plaza de Mayo su plaza.
Los salvadoreños rinden tributo al obispo mártir monseñor Oscar Arnulfo Romero al cumplirse hoy 31 años de su asesinato por escuadrones de la muerte durante las dictaduras militares que sufrió la nación.
Los homenajes a Romero se iniciaron el sábado último con la peregrinación de los farolitos, una manifestación popular que va tomando carácter de tradición nacional.
Para este jueves están programadas vigilias, colocación de ofrendas florales por organizaciones sociales y religiosas y otras demostraciones de cariño de gente sencilla del pueblo.
Romero es reverenciado por su defensa de los derechos humanos durante la dictadura militar, una intensa denuncia de la represión que le ocasionó frecuentes amenazas de muerte.
Interrogado por periodistas sobre esos peligros, vaticinó proféticamente: "Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño".
Las amenazas se hicieron realidad al final de la tarde del 24 de marzo de 1980, cuando fue asesinado por un disparo al corazón cuando ofrecía en la capilla del hospital de la Divina Providencia de la capital.
Una Comisión de la Verdad de Naciones Unidas determinó en 1993 que el crimen fue cometido por escuadrones de la muerte dirigidos por el mayor Roberto d'Aubuisson Arrieta, fundador del partido Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).
Monseñor Romero dejó también un profundo legado de amor a los humildes y marginados, acompañado por las aspiraciones de una sociedad justa.
La misión de la Iglesia es identificarse con los pobres, así encuentra su salvación, escribió en una homilía del 11 de noviembre de 1977.
Un día antes del crimen, Romero dirigió una dramática apelación a las fuerzas militares y policiales a detener la ola represiva: "En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión".
El 17 de febrero de 1980, apeló al entonces presidente de Estados Unidos, James Carter, para que cesara la ayuda a las fuerzas militares y policiales de entonces.
La contribución de su Gobierno en lugar de favorecer una mayor justicia y paz en El Salvador agudizará sin duda la injusticia y la represión en contra del pueblo organizado, le escribió en una carta.
La respuesta de Carter fue una agria queja al Vaticano, recuerdan biógrafos de Romero.
La Asamblea Legislativa aprobó el año pasado declarar el 24 de marzo Día de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, una iniciativa rechazada por la derechista ARENA.
Los primeros homenajes oficiales a su vida y obra tuvieron lugar el año pasado, meses después que asumió el presidente Mauricio Funes, el 1 de junio de 2009.
Las Naciones Unidas declararon la fecha Día Internacional del derecho a la verdad sobre las violaciones graves de los derechos humanos y de la dignidad de las víctimas.
Esto ocurrió entre las 9:30 y 10:00 de la mañana de hoy.
Portada de Primera Hora de hoy miércoles 23 de marzo de 2011.
Como ando con otro catarro de madre, decidí, para subirme el ánimo, y porque no había comido un carajo, y estaba muerta de hambre, parar en una panadería cerca de mi trabajo en Toa Baja. Lo hago con frecuencia, con o sin catarro. Hasta me conocen, y dicen, "ahí, viene la nena simpática" (lo de simpática lo dicen ellos). Bueno, que mientras hacía la fila para pedir mi avena con canela me di cuenta que había un tumulto poco usual. ¿Qué será?, me pregunté. ¿Los quesitos a dos por uno? ¿Los cafés gratis? ¿Las media-noches a mitad de precio? Nada de eso. Resulta que en la cafetería lo que había era una conmoción por la portada de Primera Hora de hoy. Yo curiosa al fin, quise verla. No pude. Se habían agotado los ejemplares. Para matar la curiosidad, y gracias a mi simpatiquería, intercepté a un señor, más simpático que yo, y le pedí que me prestara el periódico por un minuto. La noticia: Wanda Rolón dice que Ricky Martin, o RM, como ella lo abrevió, es un hijo derrr diablo porque dijo públicamente que le gustan los hombres, o, más sencillo, porque salió del clóset.
En esa cafetería de Toa Baja, nadie estuvo pendiente a que si simulacro de tsunami ni ochocuartos. Todos nos pudimos haber muerto ahogados en un frenesí livin' la vida loca. Ricky Martin ocupaba el tema de conversación. La preocupación y comidilla de todos. Como tiendo a hacer, por mi ADD, me quedé pegá mirando a mi alrededor. Con disimulo escuchaba los diálogos y monólogos de los comensales. Que si qué lindos son los nenes de Ricky, dijo una. Otras señoras filosofaban con que Ricky debió haberse quedado en el clóset, "si como quiera ya todo el mundo sabía que era 'pato' ". La cajera me dijo, en un tono cómplice, "a mí me gusta que sea gay, hasta más lindo lo veo". Unas nenas con uniforme de escuela superior, que de seguro cortaban clase, vociferaban que iban a ir al concierto. Una cantó el estribillo de la canción nueva, esa que es bien contentona..."lo mejor de mi vida...eres tú". Un chamaco con cierto manerismo dijo que Ricky "está bien bueno". En tanto, unos empleados de la Energía Eléctrica, que me ligaron las nalgas, los picotié con los ojos en mi carne y no en sus huevos revoltillos, cuchillaban entre ellos. No sé lo que decían. Me quise alejar de estos bellacos de inmediato. Pero por sus caras estoy casi segura que coinciden de alguna forma con la "Apóstol" Wanda Rolón. Una persona inteligente que quiero mucho, gay, me dijo una vez algo más o menos así: el clóset existe porque la sociedad (con su anacronismo) nos bloquea la salida.
Para leer la noticia sobre las expresiones de Wanda Rolón en PH, haga clic aquí.
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+Esta breve columna para la sección Buscapié de El Nuevo Día, la escribí justo para cuando Ricky "salió del clóset". Fue publicada el 1 de abril de 2010. En el contexto de las recientes moronidades, anacronismos y fanatismos de Wanda Rolón, la re-publico hoy. Es más, se la dedico a Wanda.
En un mundo donde la heteronormatividad ha impuesto que la homosexualidad es pecado, para usar una palabra acorde con la semana, hemos tenido que ser sometidos a otro “boom” mediático, esta vez sobre la reciente confesión pública de Ricky Martin.
Antes de cualquier opinión que pueda emitir sobre la noticia, extiendo mi enhorabuena a este cantante puertorriqueño que ha dado cátedra de valentía. Ahora es libre, como él propiamente señala.
Pero si bien la buena nueva provoca contentura para quienes defienden los derechos de los homosexuales, lamentablemente, todavía hay quienes están anclados en las ideas retrógradas del medioevo. Habitan por nuestras calles- sin casi esperanza de que se extingan- las visiones puritanas que condenan a los que prefieren acostarse, convivir o ser felices con personas de su mismo sexo.
Como el gobierno, la iglesia y la familia proveen- o no- una educación mediocre sobre estos temas, sabemos que el mismo Departamento de Educación censura libros al respecto de una enseñanza integral en asuntos de sexualidad, no debe ser sorpresa encontrarnos en la calle con individuos que reprochen la conducta de los Ricky Martins de la vida.
En la fila de un banco muy popular, un hombre de más o menos 28 años sostuvo: “él no debió haber salido del clóset. ¿Para qué? Si ya todos lo sabíamos. Ahora se va a chavar. No le compro un disco más”. Entretanto, cuando prendo la radio en el carro, un pastor, de esos que despotrican contra todo lo que es vida, expresó: “decir que es gay es el peor error”.
Más que cualquier sensación de desdén para con aquellos prejuiciados, lo más que sentí fue pena, no por ellos sino por la realidad en que vivimos. Para nuestra desgracia esas concepciones de “odio” hacia los homosexuales circulan por una sociedad que se jacta de abierta. La cremallera del pensamiento inclusivo está atascada. Cerrada. Por eso tanto crimen, por eso tanta gente en el clóset.
Wanda Rolón debería escuchar esta cancioncita contentona de Ricky.